20 de Febrero de 2018

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BUENAS INTENCIONES

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Estaba escondida en su caparazón, viva, cuando fue capturada por científicos de la Universidad de Bangor que estudiaban las almejas de Islandia en 2006.

Tenían buenas intenciones. Querían comprender los procesos de envejecimiento de esos moluscos extraordinariamente longevos.

Al igual que los árboles, cada año añaden un anillo. Grande fue la sorpresa cuando descubrieron que ese ejemplar tenía 507 años. Lo llamaron Ming, ya que al momento de su nacimiento regía en China esa dinastía.

Todo el mundo científico se vio conmocionado por la asombrosa edad de ese molusco que podía contar la historia de los océanos a través de cinco siglos.

Sin embargo, luego tuvieron que explicar por qué lo habían matado, accidentalmente, mientras lo estudiaban con exceso de entusiasmo.

¿Cuánto más habría podido vivir en el mar? Los hombres jamás lo sabrán.

Es frecuente asistir a la explicación de hechos que están precedidos de buenas intenciones pero que culminan de la peor manera.

Es cierto que la intencionalidad es juzgada como un atenuante de la responsabilidad, pero no alcanza.

Muchos de los dolores que causamos son involuntarios, la excusa es que, cuando los cometimos, fue sin mala intención. Por eso dicen que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

 

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