18 de Noviembre de 2017

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LOS DESEOS DE ALEJANDRO

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Alejandro Magno era muy joven cuando murió, tenía apenas 33 años.

En una década construyó un imperio gigantesco y también muchos enemigos.

Era el hombre más poderoso de la tierra y en circunstancias muy misteriosas, probablemente envenenado, tuvo algunos días de agonía en los que manifestó su última voluntad.

Los generales que lo rodeaban oyeron estos tres deseos de sus labios balbucientes:

Quería que su ataúd fuera portado en hombros por los mejores médicos, que a su paso fueran esparcidos oro, plata y piedras preciosas y por último, que sus manos pudieran balancearse fuera del féretro a la vista de todos.

Ante tan extraña petición, uno de los que estaba a su lado le preguntó las razones para todo aquello. Y Alejandro le explicó que deseaba mostrar que aún los más eminentes médicos no tienen ningún poder frente a la muerte. Que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen.

Y finalmente, quería que sus manos se balanceen al viento, para que las personas comprueben que se nace con las manos vacías y así se parte.

Un epílogo tan espectacular como su propia historia. Sin embargo, algunas personas no recuerdan ninguno de los deseos de Alejandro.

Viven con omnipotencia olvidando su inmensa fragilidad, malgastan su tiempo para acumular objetos y bienes que no hay podido compartir ni disfrutar y tienen las manos demasiado ocupadas, aferradas a sus símbolos, por lo que no recuerdan la sensación de liviandad o la de prodigar una caricia.

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