20 de Junio de 2018

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Cinco consejos de un ex abogada para emprender exitosamente

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Sofía Willemöes dejó la abogacía por el diseño y apostó por el nicho trendy de los murales textiles. Hoy exporta a ciudades como París o Dubai, y planea la apertura de un local en Nueva York.

La bruma corona los árboles a orillas del río Mekong; las frondosas hojas de las palmeras tropicales se extienden como si fueran gigantes manos verdes de la naturaleza; un musgo colgante en un bosque nocturno sugiere e inspira intriga.

Podrían ser postales de viaje o escenas de películas de tierras remotas, cuenta María Florencia Pérez en una nota para cronista.com.

Sin embargo, en el universo decorativo propuesto por Sofía Willemöes, todas estas situaciones plenas de exotismo se convierten en parte de la vida cotidiana.

El nombre de esta joven emprendedora argentina devino en una marca nacional de murales y empapelados que ya desembarcó en los Estados Unidos, América latina y Europa. Sus productos se fabrican en la Argentina y se proyectan al mundo con la potencia de un imaginario salvaje y silvestre de génesis local.

“Me crié cerca de Pergamino. Mi vida está íntimamente vinculada al mundo rural: mi papá siempre administró campos y más de una vez me despertaron de madrugada para ver nacer a un potrillo. En mi familia siempre circularon tradiciones donde la fantasía era un componente muy fuerte. Tuve una niñez con mucho de cuento y eso hoy se ve en mi trabajo, que genera conexión por el lado de la inocencia”, explica esta abogada que dejó atrás una década de ejercicio profesional para emprender un desafío tan creativo como lúdico.

Hoy, 8 años más tarde, tiene su propia boutique en el distrito design de la calle Arenales, es expositora habitué en Casa FOA; ambienta espacios en Manhattan, París y Dubai, presenta sus trabajos en las grandes ferias internacionales de diseño y tiene previsto abrir un local en Nueva York.

_¿Cómo se hace para emprender en la Argentina y no morir en el intento?

Hoy somos un equipo de alrededor de 11 personas, más personal free lance, y nos estamos profesionalizando para convertirnos, el día de mañana, en una empresa. Ahora empezamos una consultoría a la que vamos todos porque es fundamental no crecer con vicios: es más fácil acomodar un emprendimiento chico que una estructura más grande de empleados.

El consultor me comentó que en nuestro país hay mucha vocación de emprendimiento pero muchos fracasan en los dos primeros años, y tiene que ver con que falta capacitación. En mi caso, recibí entrenamiento del Gobierno de la Ciudad a través del programa Desarrollo Emprendedor y después gané Buenos Aires Emprende, que me brindó el asesoramiento de un coach que me fue orientando.

_En tu experiencia, ¿cuáles son los grandes errores del entrepreneur debutante?

Para empezar, arrancar pensando que tener un emprendimiento es comprarte una computadora, hacer unas tarjetas que dicen CEO y ya está todo. Es lo que a mí me pasó con mi primera experiencia, a los 19 años. También, empezar siendo 20 mil: ¡pasa un fletero y por poco lo hacés socio! No hay que apurarse sino pensar qué es lo que no podés resolver solo ni con un empleado.

También aprendí a no dar pasos invirtiendo en cosas que el emprendimiento no me pide: acá empezamos tercerizando, después precisamos producir y compramos una máquina, más adelante vimos que el mercado nacional estaba bien pero que teníamos que crecer en el internacional… No hay que quemar etapas.

Ser emprendedor requiere mucha convicción y trabajo. Lo fundamental es saber que lo más importante es el equipo: mantener a una persona trabajando varios años es un logro muy grande hoy en día y a nosotros ya nos pasa.

_¿Cómo es el proceso creativo: se imponen las tendencias o las ansias de innovar?

Me gusta correr riesgos. Que haga un mural oriental con geishas, pagodas y cerezos es arriesgado. Sería más sencillo hacer un rayado, que es lo que ves en todos lados y que seguramente se vendería muy fácil porque es a lo que la gente está acostumbrada. Pero no estaría innovando, que es lo que más me gusta.

_¿Cuáles fueron tus propuestas más disruptivas?

A fines de 2015, en Casa FOA, en nuestro espacio metimos un árbol, un mural, un cantero lleno de plantas y hasta un mariposario cuyas crisálidas estaban a punto, así que las mariposas nacieron durante la muestra. Ahora está de moda poner muchas plantas, pero en ese momento era novedoso… Las ganas de proponer algo distinto te permiten estar un paso adelante. Muchas veces después eso se pone de moda. Cualquiera que se propone hacer algo innovador lo puede lograr. El tema es animarse a asumir el riesgo que implica.

_¿El argentino es conservador cuando se trata de invertir en decoración?

Muchas veces pasa que la gente conoce lo que hago y le gusta, pero hasta que no lo ve afuera no lo compra. No miro revistas internacionales para no perder esa inocencia con que llegué a este rubro porque, cuando ves mucho, te condiciona. Pero creo que la Feria de Milán es un lugar de mucha validación en este segmento.

En esta última edición vi tantos murales con naturaleza que me impresioné. ¡Y es algo que empecé a hacer cuatro años atrás! De alguna forma, me anticipé a la tendencia. Y hubo un riesgo ahí, porque capaz me ponía a producir algo que no se iba a usar nunca… Esto es a todo o nada. De hecho, cuando empecé con los murales la gente no sabía ni qué eran, pensaban que estaban pintados en la pared: tuve que explicar que un mural es como si fuera una pintura, puede ser un paisaje o una situación, que se adapta a la altura de la pared y se repite horizontalmente; en cambio, el empapelado es un pattern que se repite.

_¿Tus murales serían la versión millennial del empapelado de antaño?

En un momento se ponía papel con flores hasta en el baño, y la gente se hartó. Hay quienes aún se acuerdan del papel por todos lados en la casa de la abuela y no lo quieren ni locos en su casa. Acá siempre estuvo Muresco, que es una empresa amiga: desde el principio me agradecen porque dicen que, con mi trabajo con los murales, hago que más gente quiera poner papeles.

Y es una visión muy inteligente, porque sin la diversidad de la competencia es difícil convencer a la gente de empapelar. También hay diseñadores gráficos que hacen un mural, lo mandan a imprimir y lo venden muy a cuentagotas. Pero no conozco ningún otro emprendimiento que haya podido exportar, tenga sus máquinas y su local. Cuanto más oferta haya, más gente se animará a volver a poner papel.

_Sos un caso de éxito exportador en diseño. ¿Por qué no hay más?

Hay mucha gente súper creativa en la Argentina pero creo que hay una falla desde la universidad, que tiene que ver con que los diseñadores no entienden que tienen que vincularse con empresas y fábricas grandes para desarrollar sus productos y cobrar un royalty por su trabajo.

También las empresas argentinas tienen que tomar dimensión de la importancia del diseño en sus productos, porque después van afuera y hacen agua. Posicionarse en el extranjero es súper complicado, están todos mega profesionalizados y a veces ni siquiera podés tener un buen precio. Mientras no se haga ese triángulo, el diseño argentino no va a funcionar en el exterior.

Fuente: cronista.com

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