23 de Julio de 2018

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Claves de los modelos emprendedores que busca imitar la Argentina

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Se trata de los casos de Israel, Corea del Sur y demás países de la región.

En un reporte para apertura.com, Andrés Engler te cuenta qué se puede aprender de sus aciertos y errores.

El país con buena gente pregonado por Cristina Fernández de Kirchner ha mutado en uno de 40 millones de emprendedores, figura de moda bajo la cual Mauricio Macri busca alzar su propia startup.

Para confeccionar su modelo en este segmento, cristalizado en la Ley de Emprendedores y en la de PyMEs, el Gobierno se nutrió de experiencias pasadas y foráneas como las de Israel, Silicon Valley, Corea del Sur, y miró de cerca aciertos y errores de Brasil, Chile, Colombia o México.

“Israel”, dice, sin dudar, Mariano Mayer, secretario de Emprendedores y Pymes de la Nación, al hablar del país referente en materia de política pública orientada al emprendedorismo.

Antes de siquiera tener una tarjeta laboral, cuando fue citado por Francisco Cabrera para sumarse al equipo de la Ciudad de Buenos Aires, el funcionario tomó un avión rumbo al país de Medio Oriente para empaparse del modelo que transformó a una tierra rodeada de conflictos, con escasos recursos naturales, y de solo 20.000 kilómetros cuadrados en la meca startup del mundo, hoy con 94 compañías cotizando en el Nasdaq.

El modelo “Chutzpa” se basó, principalmente, en 10 fondos de inversión, alimentados en un 40 por ciento por capital público y 60 por ciento por privado.

El programa fue puro éxito: se formaron 11 fondos de capital de riesgo con más de US$ 250 millones, que fueron destinados a 200 empresas en su fase inicial. Solo en ocho años, la cantidad de fondos pasó de 20 a 513.

“Quisimos pecar de menos que de más”, dice Mayer, al hablar de la propuesta argentina: “Tres fondos, no 10, como era nuestro plan inicial. Vamos a probar cómo funciona. No vamos a apalancar el 70 por ciento, como muchos países, sino el 40 por ciento, en el caso de los fondos. No queríamos distorsionar el mercado con demasiado dinero. Empezamos más como si fuera una startup”.

Los montos por fondo rondarán, público y privado juntos, los US$ 30 millones, con el propósito de que éstos contraten buenos equipos y mentoreen a buenas empresas.

Pero no es lo único que mira el Gobierno. Mayer, en su momento, también había sacado pasaje a Silicon Valley, de donde volvió con una palabra grabada: ecosistema.

“Ya 450 incubadoras forman parte de nuestra red, que no son nuestras, pero con las que sí trabajamos. El secreto del emprendedorismo es lograr comunidad. Y, para formarla, necesitás un espacio físico”, describe el funcionario. A lo argentino, pensaron en “clubes” que nucleen a emprendedores. Hoy son más de 30, que funcionan en varias partes del país.

Mayer viajó un poco más lejos para mirar otro ejemplo, Corea del Sur. Se trajo un concepto que desde su gestión en Capital Federal el PRO viene teniendo en cuenta: la economía creativa.

“Consideran fundamental ese sector. Es algo que tomamos. La Argentina tiene un gran desarrollo en TICs, pero hay tres sectores con mucho potencial: el agro, el sistema científico y el sector creativo”, dice.

En la Argentina, este último sector representa un 2,5 por ciento del PBI y emplea a más de 330.000 personas. Tras poner en funcionamiento el distrito creativo en Capital Federal, el Gobierno ya trabaja en el nivel nacional en la Red de Ciudades Creativas.

De Corea del Sur Macri y compañía tomaron nota de otras medidas. “También, el trabajo de los emprendedores con las corporaciones”, agrega Mayer, y detalla que en el país asiático la tracción del crecimiento no estuvo dada por los emprendedores, sino por las grandes corporaciones.

Tiene razón: el crecimiento del PBI –desde tener el 10 por ciento del de los Estados Unidos en 1962 a tener el 50 por ciento, en 2012– se dio por los chaebols –como se conoce al modelo empresarial basado en grandes conglomerados presentes en distintos sectores de la economía–, como Samsung, Hyundai, LG, Lotte o SK Group.

No obstante, a largo plazo, ese plan generó sus efectos colaterales: las grandes empresas representaban hasta no hace mucho tiempo el 74 por ciento de las inversiones privadas de I+D, destaca la OCDE, mientras que las PyMEs y empresas de riesgo representaban solo el 13 y 11 por ciento, respectivamente.

Pero el Gobierno coreano ya trabaja en la cuestión. Las medidas incluyen el apoyo financiero e incentivos fiscales desde el inicio hasta la salida a la bolsa –legalizó y simplificó el crowdfunding–, la creación de una nueva, llamada Korea New Exchange, que solo incluye a las PyMEs, y reformas como la creación del Ministerio de Ciencia, TIC y Planificación Futura.

Y el sector privado también mete mano: en asociación con el gobierno –60 por ciento público y 40 por ciento privado–, fue establecido un vehículo financiero de US$ 1000 millones para promover nuevas empresas y proteger derechos de propiedad intelectual de PyMEs, entre las cuales está el Angel Investment Matching Fund.

La inversión extranjera también llega: la firma de capital de riesgo BlueRun, de Silicon Valley, tiene sucursal en Corea del Sur, al igual que Yozma, que posó su brazo asiático en ese país. Además, el gobierno abrió 17 centros de innovación.

A esa relación entre empresas consagradas y las más pequeñas presta atención la Argentina. “Estamos trabajando con un montón de empresas grandes en su relación con las PyMEs en el desarrollo de su cadena de valor; había muy pocas cadenas de valor bien trabajadas”, plantea Mayer.

El único caso que recuerda fue ProPyme, de Ternium. “Nos trajimos a quienes lo habían armado y armamos un programa nosotros. Hoy, estamos trabajando con 10 empresas y tenemos 15 en lista de espera. Además, con la Ley de Pymes llegamos a 300.000 compañías”, dice.

Prueba y error

A pesar de poner tardíamente políticas públicas orientadas al emprendedorismo, la Argentina cuenta con una ventaja: ver y aprender de los errores de los ajenos y, especialmente, de los más cercanos.

“Ha tenido la oportunidad de no ser el primero que ha creado el ecosistema”, dice Marta Cruz, Founding Partner de NXTPLabs y presidenta de Arcap, la Asociación Argentina de Capital Privado, Emprendedor y Semilla.

“Tanto México, Colombia como Chile, que entraron a desarrollar el andamiaje, el apoyo, cometieron errores. Y aprendimos de ellos. La Argentina tuvo la oportunidad de analizar esos tres”, explica.

Colombia, como nombra Cruz, es uno de ellos. País pionero en la confección de una ley para emprendedores –la 1014, dictada en 2006–, en 2011 prestó atención a un estudio de la consultora The Breakthrough, que en ese momento informaba que los emprendimientos de alto crecimiento eran escasos en ese país: solo 284 empresas –5 por ciento de la muestra– habían sido creadas en los 10 años anteriores, con ventas por US$ 6000 millones y márgenes operacionales superiores al 10 por ciento.

Tal minúsculo número llevó al Gobierno a cuestionarse los estimativos que ostentaba su Plan de Desarrollo, con el que pensaba crear 2350 empresas de alto impacto en solo cuatro años. Más allá de lo cuantitativo, el estudio prestaba atención a una cuestión no menor.

“La barrera de mentalidad y cultura es tan fuerte que, incluso si se resolvieran otras restricciones, de no atender este tema el país no lograría sacar adelante su proyecto emprendedor”, recordaba el estudio.

Al gran golpe Colombia lo dio con INNpulsa Colombia, un programa que salió de la panza de Bancóldez, el Banco de Desarrollo del Estado Colombiano. La meta, también, era dar ejemplo a otras, según se lee en su resumen ejecutivo. "La aspiración es que la experiencia ayude a contrastar ideas y opciones".

Y sus fondos son grandes. Según se lee en las memorias del programa, en 2014, por ejemplo, recibió el equivalente a US$ 38,6 millones. Pero la cantidad de dinero fue contraproducente en algún punto. “El apoyo fue mucho, desmedido, a emprendedores en etapa de PowerPoint”, expresa Cruz.

El organismo llegaba a dar US$ 190.000 por compañía. “Los emprendedores solo tenían que demostrar que tenían el 10 por ciento para poner. El organismo terminaba compitiendo con los inversores de capital inteligente”, recuerda Cruz, quien afirma que “se vio que no era bueno y que era dañino, ya que necesitaban otro tipo de apoyo”.

Finalmente, el Gobierno cedió a quienes manejaban la industria. “Se empezó a dar apoyo a organizaciones de apoyo emprendedor, a través de matching funds con inversores ángeles, de US$ 50.000”. La inversión, entonces, alcanzaba los US$ 100.000. “Ahí movió otro tanto de capital privado”, agrega.

De todas maneras, el venture capital se expandió en Colombia. Según números de la OCDE, en 2013 había cuatro fondos de inversión y en 2015 ya sumaban nueve, cinco de los cuales habían cerrado acuerdos de inversión por US$ 144 millones.

La Asociación Colombia de Fondos de Inversión, conocida como COICapital, fue formada en 2012, y para fines de 2015 ya tenía 39 miembros asociados.

“El venture capital permanece pequeño, comparado con otros tipos de fondos de inversión privados en el país”, destaca el informe Start-up Latin America 2016, confeccionado por OCDE.

México es otro caso de aciertos y errores. En 2013 lanzó Inadem, el Instituto Nacional del Emprendedor, bajo el cual lleva a cabo iniciativas que los vecinos miran de cerca.

Creó un fondo de seed capital, en el que coinvierte, mientras que el programa de desarrollo del ecosistema de venture capital, creado en 2013, en julio del año pasado lanzó 35 fondos, que invirtieron en 76 firmas. El fondo México 2, de US$ 500 millones, lanzó la Corporación Mexicana de Inversiones de Capital (CMIC), en 2013.

Según el documento Startup America Latina, publicado en 2016 por la OCDE, para ese año Inadem había contribuido con US$ 82 millones a fondos de private equity, mientras que el sector privado había dado US$ 131 millones.

Pero hubo retrocesos: Cruz explica que sus organizadores “se dieron cuenta de que habían repartido entre mucha cantidad de fondos, aceleradoras”, y que en consecuencia eso no había terminado de impactar.

“Y no todas esas organizaciones tenían la experiencia necesaria. Luego, se hizo una redefinición, se cambió el foco”. México, finalmente, se convirtió en el segundo país de la región más activo en cuanto a venture capital, luego de Brasil.

No obstante, la Argentina aprendió de algunos errores. “Tenían mucha plata, pero lo hicieron en muchos fondos. Y los teóricos del venture capital te dicen que eso no es bueno, porque si es un fondo chiquito no tiene plata para contratar buenos equipos. Y, al no tener muy buenos equipos, eligen mal las empresas o las mentorean erróneamente”, destaca una fuente.

El Gobierno prefiere tres fondos fuertes, de US$ 30 millones cada uno.

La experiencia chilena

Si bien la Argentina no necesita el capital humano en demasía como sí lo necesitaba Chile tiempo atrás, el Gobierno mira lo que hizo su vecino. Entre los funcionarios latinoamericanos circula una quimera multilatina: “Las instituciones chilenas, el dinero de Brasil y el talento argentino”.

Con una macroeconomía estable, Chile fue en busca del talento afuera. Lo hizo bajo el lema de Start-up Chile, marca registrada que otros países hoy tratan de replicar –Malasia, por ejemplo; Perú y Brasil lo implementaron– y que al comienzo despertó horrores en los chilenos, que se preguntaban, con razón, lo obvio: ¿cómo se iba a destinar parte de los impuestos a financiar con US$ 40.000, que no debían ser devueltos, a emprendedores extranjeros?

Nicolás Shea, ideólogo de la cuestión, dio en su momento las razones. Y las vuelve a repetir: “El extranjero se correlaciona bien con asumir riesgos. Chile no era un lugar natural para que ellos vinieran. Quisimos replicar lo mismo. Es una política adicional a todas las políticas públicas que tenía Chile andando”.

Pero hubo complicaciones. “No estábamos preparados para recibir este flujo de emprendedores, con la logística. Cuando empiezan a llegar, te das cuenta de lo difícil que es en Chile”, dice Shea.

A pesar de ser cercano, la Argentina parece no necesitar eso, dado que es exportador de talento: después de los chilenos –el programa luego se abrió a los locales–, los argentinos conforman el primer contingente extranjero en Start-up Chile.

“Los emprendedores locales ven que los extranjeros son capaces de generar facturación en el ecosistema local, y se genera un incentivo”, dice Shea. Más de 3000 emprendedores de 100 destinos distintos pasaron por el programa, aunque solo el 20 por ciento se quedó en el país.

De lo que sí quiere aprender la Argentina es del largo plazo. Start-up Chile comenzó con Sebastián Piñera y siguió bajo la tutela de Michelle Bachelet . No obstante, hay cuestiones por solucionar.

“El impacto de Start-up Chile se ha limitado a la ciudad capital y algunos de los centros urbanos más desarrollados. Fuera de estas áreas, las posibilidades de encontrar emprendedores capaces de generar y desarrollar proyectos de alto impacto como los buscados por Start-up Chile son muy limitados”, destaca la OCDE.

Y hace referencia a una cuestión de fondo: “El comportamiento monopólico entre las empresas más grandes del país ha sofocado la innovación y limitado el número de oportunidades atractivas para invertir. Ni las grandes empresas ni las universidades son focos de I+D; y son pobres en cooperar el uno con el otro. El capital de riesgo está ausente en gran medida”.

Israel

Fue puntal en el desarrollo de fondos públicoprivados, con un 40 por ciento aportado por el Estado y el 60 restante por el privado. Creó Yozma, grupo de fondos que primero invirtió en 200 empresas a nivel inicial. Hoy, 94 empresas israelíes están en el Nasdaq.

El desarrollo económico no ha podido paliar la desigualdad entre sus habitantes: según la OCDE, es uno de los países más desiguales, a pesar de que a 2013 había disminuido a 0.360 su índice GINI.

Colombia

Desarrolló INNpulsa, programa que en un principio financió de manera directa a emprendedores, muchos en etapas muy tempranas. Después de que en 2013 solo hubiese cuatro fondos de inversión locales, en 2015 ya sumaban nueve, que habían cerrado acuerdos de inversión por US$ 144 millones.

El Estado debió cambiar de foco, ya que al comienzo competía con las mismas aceleradoras y fondos. Finalmente, aplicó un modelo de matching fund.

Corea del Sur

Gracias a sus chaebols –masivos imperios erigidos por empresas familiares, como Hyundai, LG o Samsung–, entre otras medidas, logró un gran crecimiento económico: su PBI per cápita pasó de US$ 944 en 1960 a US$ 25.400 en 2016.

Las grandes corporaciones cooptaron las inversiones privadas en I+D. Hoy, el Estado trata de lograr que las Pymes tomen tamaño en el país.

México

México desarrolló el Inadem, instituto que financia el ecosistema emprendedor. Según LAVCA, se convirtió en el segundo país más activo en cuanto al venture capital.

Repartieron dinero entre mucha cantidad de fondos y aceleradoras, muchas de ellas sin la experiencia necesaria, y el impacto fue menor que si lo hubiesen hecho con pocos fondos y más dinero. Luego, se modificó el foco.

Fuente: www.apertura.com

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