15 de Noviembre de 2018

La victoria de Bolsonaro revitaliza al club global de líderes fuertes

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Un Brasil gobernado por ese candidato corre el riesgo de formar parte de una tendencia política mundial que se opone a las normas liberales y promueve el culto al liderazgo.

El ascenso de Jair Bolsonaro no es sólo una novela brasileña. Es un acontecimiento de importancia global, el último capítulo de una historia en desarrollo sobre la destrucción de las normas liberales y el crecimiento del populismo.

La primera ronda de las elecciones en Brasil dejó a Bolsonaro, un populista de extrema derecha, en posición para obtener la presidencia del país a fines de este mes.

Si completa su victoria el 28 de octubre, Bolsonaro será la última incorporación al club global de líderes fuertes integrado por Vladimir Putin en Rusia, Xi Jinping en China, Narendra Modi en India, Recep Tayyip Erdogan en Turquía, Rodrigo Duterte en Filipinas, Viktor Orban en Hungría, y por supuesto, Donald Trump en Estados Unidos.

Este grupo abarca democracias y autocracias de Occidente y de Oriente pero tiene en común el estilo de gobierno altamente personalizado que combina nacionalismo con el culto al liderazgo, y el desprecio por las normas liberales, como las que rigen a la prensa crítica y los tribunales independientes.

La incorporación de Brasil al grupo de países gobernados por líderes fuertes tendría una gran importancia. Se trata del quinto país con mayor población del mundo, y el más grande de América Latina.

Hasta hace poco era un modelo de nación que había abrazado con éxito la globalización y la democracia, y dejado atrás sus oscuros días de autoritarismo. Pero una recesión salvaje, una serie de escándalos de corrupción y la desilusión con el izquierdista Partido de los Trabajadores desacreditaron a los principales políticos de Brasil.

Hasta fines de 1980, América latina albergaba líderes fuertes. En 1978, había sólo tres democracias en todo el continente. El paisaje político mostraba profundas marcas de juntas militares y dictadores en uniforme, como Augusto Pinochet en Chile o Jorge Videla en Argentina.

Pero a fines de la década de 1980, la democracia había triunfado en la mayor parte del continente. En Brasil, la transición hacia la democracia en 1985, que puso fin a 20 años de gobierno militar, fue un momento particularmente significativo debido al tamaño del país y su rol como líder de la región.

Sin embargo, así como Brasil cumplió un importante papel en las últimas décadas de la historia internacionales las que se observó un avance de la libertad política y económica en todo el mundo, ahora el país otra vez corre el riesgo de formar parte de una tendencia política global. Pero en esta oportunidad, el movimiento es en dirección contraria al liberalismo y a favor del liderazgo fuerte.

Por supuesto, es importante subrayar que si Bolsonaro gana la presidencia, habrá llegado al poder a través de una elección democrática, y no vía un golpe militar. Pero el comportamiento de Bolsonaro, que fue capitán del ejército, realmente llama a compararlo con autócratas latinoamericanos del pasado. Eso se debe a que repetidas veces elogió el desempeño de los gobiernos militares que tuvo Brasil entre 1964 y 1985, los cuales según él salvaron al país del comunismo, hicieron posible el rápido crecimiento económico y lograron mantener la ley y el orden.

Cuando la ex presidente Dilma Rousseff fue sometida a juicio político por el Congreso brasileño, Bolsonaro dedicó su voto a favor del impeachment al Coronel Brlhante Ustra, un hombre que en su momento dirigía un infame escuadrón de tortura. Su compañero de fórmula, un general retirado, sugirió que la única manera de purgar al país de la corrupción es mediante la intervención militar.

Bolsonaro en algún momento estuvo a favor del control estatal de la economía, pero ahora tiene argumentos a favor de la privatización y de los recortes de impuestos. Como resultado, los mercados subieron a la par de su suerte política. Algunos simpatizantes sostienen que sus comentarios más indignantes fueron simplemente diseñados para llamar la atención y dramatizar un tema. Son opiniones que (tal como una vez se dijo de Trump) "apuntan a que sean tomadas en serio, pero no de manera literal".

Pero Estados Unidos tiene instituciones sólidas y siglos de democracia que actúan como un límite al líder fuerte. Las tradiciones e instituciones democráticas de Brasil son más débiles.

La elección de Bolsonaro no implicaría el fin de la democracia brasileña. Pero probablemente marque el inicio de una era en la que el presidente del país muestre desprecio por las normas que rigen en una sociedad libre, como el estado de Derecho, los tribunales independientes y la libertad de prensa.

Bolsonaro prometió permitir a la policía brasileña actuar en la lucha contra el flagelo de los delitos violentos. Según una medición, siete de las veinte ciudades más violentas del mundo están en Brasil y el año pasado se produjeron 60.000 homicidios. El casi fatal apuñalamiento que sufrió Bolsonaro durante las últimas etapas de la campaña electoral dramatizó la amenaza de delitos violentos y, lo que es totalmente comprensible, hizo crecer el apoyo al candidato.

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En su énfasis por el delito y su debilidad por los años de gobierno militar, Bolsonaro suena a Duterte, que se hizo del poder en Filipinas en 2016 a raíz del enojo popular por la delincuencia y la corrupción. Desde que asumió, Duterte desplegó escuadrones de la muerte policiales contra los sospechosos de haber cometido delitos. También ordenó el arresto de opositores políticos.

Filipinas y Brasil hicieron sus transiciones hacia la democracia de la misma manera. Ferdinand Marcos fue derrocado tras la revolución del "poder del pueblo" que tuvo lugar en Filipinas en 1986, un año después de que José Sarney se convirtiera en el primer presidente civil de Brasil desde la década de 1960.

Hace treinta años, ambos países formaban parte de una prometedora tendencia global que se prolongó durante décadas. Ahora está el temor a que estemos entrando en una nueva y más oscura fase de la historia mundial, y que otra vez sea Brasil el país que encarne la tendencia.

Fuente: Gideon Rachman / Financial Times

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