21 de Agosto de 2018

El FMI no debe suavizar sus criterios ante Macri

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La historia reciente de Argentina está contaminada de crisis financieras bancarias, cambiarias y de deuda, o de alguna combinación de las tres.

Sucede que ni siquiera la elección de Mauricio Macri, el presidente más ortodoxo económicamente hablando de los últimos tiempos, es suficiente para evitar que regrese la vieja enfermedad.

Argentina, con su gran déficit de cuenta corriente y elevada inflación, subió las tasas a 40% para defender un peso que se debilitaba.

Por primera vez desde que el FMI puso fin a su fallido plan de rescate en 2001, cuando el gobierno local entró en cesación de pagos con su deuda soberana, otra vez el fondo le vuelve a otorgar préstamos frescos al país.

En ocasiones Argentina no tenía muchas alternativas más que recurrir al FMI. En esta oportunidad, la decisión es más debatible. Algunas de las condiciones que prevalecían en anteriores crisis están ausentes.

Argentina ya no tiene tipo de cambio fijo o una inmensa acumulación de deuda en moneda extranjera o depósitos bancarios. Podría lidiar con la presión sobre el peso simplemente aceptando los movimientos del tipo de cambio y orientando la política fiscal y monetaria hacia la economía interna.

La principal razón para pedir ayuda al FMI es el deseo de sumar un sello de aprobación a los actuales planes del gobierno para estabilizar la economía, con la esperanza de apuntalar el peso.

Este curso de acción conlleva grandes riesgos. El fondo es políticamente tóxico en Argentina. El FMI detuvo su significativa intervención en el país después del default de 2001, inicialmente porque se opuso con firmeza a seguir volcando dinero en ausencia de reformas serias.

Últimamente, los gobiernos argentinos prefirieron insultar al FMI desde una distancia prudencial, en vez de solicitarle crédito. Por desgracia, las preferencias de Argentina se contradicen con las del FMI. Macri quiere el instrumento líquido más generoso posible.

Su ideal sería una línea de crédito que no necesariamente tenga que usar y que no incluya condiciones severas ni implique una supervisión minuciosa.

Pero la facilidad crediticia con menores condiciones, la "línea de crédito flexible", apunta a funcionar como un seguro para países estables que pueden usarlo ante contratiempos futuros, y no como un salvavidas para lanzar en una crisis.

El FMI no debería suavizar sus criterios crediticios sólo para brindarle protección política local a Macri.

En última instancia, el asunto se reduce a la opinión de Macri sobre el efecto de un préstamo del FMI sobre la confianza del mercado, versus su popularidad política local.

Pero una cosa debería quedar en claro. El FMI no puede quedar flexibilizando sus normas para un presidente argentino, por más simpático que le parezca. El fondo estuvo allí antes, y no le fue bien.

Fuente: Financial Times

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